El canon de belleza

Los medios de comunicación social contribuyen a hacer de las mujeres, de sus cuerpos, una mercancía de mayor demanda. Para que sus cuerpos se aprecien, deben lucir, y para lucir, deben estar enmascarados con maquillajes, cremas, jabones y fragancias que prometen transformarlas mágicamente.

Para completar el panorama, la estructura social patriarcal impone que el “ideal” del cuerpo femenino sea de una determinada figura, que implica una dieta obsesiva orientada a producir un cuerpo ágil y grácil. Por eso no es extraño que estadísticas revelen por ejemplo, que el 75 % de las mujeres norteamericanas entre los 18 y 35 años creen estar gordas; que el 95 % de los clientes de las clínicas para adelgazar sean mujeres; que el 90 % de las   personas económicamente solventes que padecen trastornos de la nutrición son  mujeres.

Todo ello se refuerza por una educación corporal que apunta a lograr un cuerpo femenino “dócil”. Educación que se articula con prácticas que potencian un repertorio elaborado de gestos, posturas y movimientos. La expresividad del cuerpo femenino debe respirar deferencia, timidez y sumisión. Se enseña a las mujeres a medir sus gestos al sentarse, caminar y hablar, evitando ser excesivamente espontáneas, para no dar la impresión de andar “descontroladas”. Este comportamiento “agradable” se refuerza con la indumentaria. A través del vestido, los movimientos, los gestos y las sonrisas, las mujeres deben causar la impresión de ser delicadas, agradables y sumisas, “femeninas” en una palabra.

En esta dinámica la mujer convierte su anatomía en una superficie puramente ornamental. Lo moldeará y maquillará de acuerdo con las normas dictadas por el ideal de belleza impuesto.

Manipuladas por la publicidad, muchas comienzan a perder la brújula haciendo del modelado corporal una necesidad compulsiva y absurda. Dando prioridad a la imagen en el espejo antes que a su verdadera feminidad. Cuando estar bien se transforma en “ser como…”, la inconformidad cala hondo y se empieza una batalla a muerte con el propio cuerpo. Esta obsesión general por “encajar” en la silueta oficial aceptada, entre otras cosas, provocó la aparición de dos enfermedades a escala masiva: la anorexia y la bulimia. No se trata de belleza, ni de adaptarse a una cultura, sino de perseguir compulsivamente un modelo inaccesible. Persecución que se paga caro y no sólo en dinero, sino también en salud física, psíquica y espiritual. Para salir de estos viciados estereotipos, encontrarse con su cuerpo y sentirse feliz, la mujer necesita aceptarse como es, aunque esa creencia no corresponda a la imagen que otros se hacen de ella o al modelo dictado por la sociedad.

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